El candidato presidencial Luis Gilberto Murillo y Juan Carlos Mosquera en un casual y emotivo encuentro en el aeropuerto Álvaro Rey Zúñiga de Quibdó/ fotos: Harrison Gonzáles/Campaña LGM.
Mientras en Bogotá se hablaba de firmas, cifras y avales, en Quibdó se preparaba un recibimiento distinto, uno que no figuraba en el cronograma oficial. Horas después de entregar un millón doscientas cincuenta mil firmas que lo habilitaban como candidato independiente a la Presidencia de Colombia, Luis Gilberto Murillo descendía del avión en el aeropuerto Álvaro Rey Zúñiga. Era 9 de diciembre, y un alto número de sus paisanos de Quibdó y de otros lugares del Chocó lo esperaban como se espera a los buenos hijos que regresan.
Por Antonio Sánchez M/ El AfroBogotano/ ÉtnicaTV
Crónica de un encuentro que no estaba en la agenda
No hubo discursos. La chirimía con sus clarinetes, requintas, tambores y pancartas llenaron de identidad la sala de recibo, que poco a poco se fue quedando pequeña. Bombas de colores, aplausos espontáneos, taxistas curiosos y decenas de voces coreando su nombre daban forma a una bienvenida cargada de afecto más que de protocolo.
Entre la multitud había un joven que no gritaba, pero decía mucho. Se había plantado frente a la puerta de salida con una pancarta hecha con el corazón y con el apoyo de un agente de la Policía. Era Juan Carlos Palacios Mosquera, vendedor ambulante, quibdoseño, 24 años, anfitrión sin invitación formal, pero con derecho ganado por la ternura.
Juan Carlos no camina con facilidad ni articula las palabras, pero se hace entender de una forma que no necesita traducción. En el aeropuerto todos lo conocen: policías, empleados, viajeros frecuentes. Allí vende galletas desde hace años para ayudar en casa, allá en el barrio Buenos Aires, donde la vida es dura, pero no amarga. La cava en donde guarda sus productos para vender, es el equipaje que siempre lo acompaña y el que quisiera entregar cuando por vez primera le toque hacer el check in.
Mientras sonaban los aires musicales de Octavio Paneso y Antero Agualimpia, Juan Carlos aguardaba inmóvil. Su mirada, concentrada y serena, no se perdía en el ruido. Estaba fija en Murillo, a quien considera su amigo. No por cargos ni discursos, sino por los pequeños gestos que no salen en las noticias.
El encuentro fue breve, pero eterno. Un abrazo torpe y sincero, detenido por la emoción. Juan Carlos quiso decir muchas cosas, pero las palabras no salieron. En su lugar, brotaron carcajadas silenciosas, limpias, que se mezclaron con los vítores de “¡Murillo presidente!”. Fue un instante donde la política bajó la voz y habló la humanidad.
En medio de la música y la algarabía, Murillo le puso una camiseta de su campaña. El gesto fue sencillo, casi íntimo. No fue un acto de propaganda; fue un reconocimiento. En ese momento, el candidato no saludaba a un simpatizante: abrazaba a un amigo.
Juan Carlos pertenece a esa Colombia invisible de más de tres millones de personas en condición de discapacidad. Desde los 11 años trabaja sin descanso, de lunes a lunes, desde las ocho de la mañana. Vende galletas, confites y parvas. No pide lástima, ofrece trabajo. El aeropuerto y el Comando de Policía del Chocó son su territorio cotidiano, su segunda casa.
Conversar con él es una lección. Habla con dificultad, pero piensa con claridad. No se queja de su enfermedad, una deficiencia muscular que afecta su rostro y extremidades, tratada sin grandes resultados. Fue alumno ejemplar del IPC de Quibdó, y conserva una inteligencia despierta, acompañada de una alegría que no se rinde.
Su celular suena y rompe la charla. Una voz grabada dice: “Sácame del bolsillo… sácame del bolsillo”. Juan Carlos sonríe. Hasta en lo cotidiano se las ingenia para hacerse escuchar.
Su mayor sueño es volar. Nunca se ha montado en un avión, aunque los ve despegar todos los días desde el lugar que considera su hogar laboral. Sueña con Medellín, Bogotá, Cartagena, Valledupar. Sueña lejos: Estados Unidos, Francia, Reino Unido. Sueña sin miedo. Es el tercero de ocho hermanos, y no ha renunciado a imaginar.
Admira a Murillo porque lo ve como un paisano que llegó lejos sin olvidar de dónde viene. “Me gusta cómo habla, es inteligente, y cuando viene a Quibdó me trae cositas que me ponen muy contento”, dice. Entenderlo toma un esfuerzo mínimo frente a la grandeza de su espíritu.
Otro de sus sueños parece pequeño, pero es inmenso: abrir un almacén de zapatos. Ya tiene nombre. —Quiero que se llame Murillo —dice, y se ríe con la misma risa limpia del abrazo.
Antes de despedirnos, le pregunto al hijo de Carlos y María, qué quiere que le regalen en Navidad. No pide lujos ni promesas. Responde como quien sabe lo esencial: “Ropita, salud y vida.”
Y en ese momento queda claro que, más allá de firmas, campañas y discursos, ese día en el aeropuerto de Quibdó el verdadero anfitrión fue Juan Carlos. El lujo no estuvo en la agenda, sino en la humanidad.
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