Giovanny Ramírez Moreno, subdirector de Investigaciones Ambientales del Pacífico del IIAP/ Foto: Antonio Sánchez.

Mientras el mundo discute cómo enfrentar el cambio climático, la pérdida acelerada de biodiversidad y la degradación ambiental, el Chocó continúa ofreciendo respuestas. Allí la naturaleza todavía enseña que el desarrollo no puede construirse destruyendo aquello que garantiza nuestra existencia.

Por Antonio Sánchez/ fotoperiodista

Hay conferencias que se olvidan apenas se abandona el auditorio. Otras, en cambio, se quedan habitando la memoria como si hubieran sembrado un bosque entero en la conciencia de quienes las escucharon.

Por eso me tardé en escribir esta crónica. No porque faltaran las palabras, sino porque necesitaba que el asombro se decantara para poder contar, con justicia, lo que presencié durante la Feria Internacional del Medio Ambiente (FIMA), realizada en Corferias, el escenario donde confluyen científicos, investigadores, autoridades ambientales, organizaciones sociales y defensores de la naturaleza más importantes del país.

Confieso que no soy amigo de las conferencias excesivamente largas. En más de una ocasión he visto cómo brillantes investigadores pierden al auditorio bajo el peso de un lenguaje técnico o de interminables diapositivas. Pero aquella mañana ocurrió exactamente lo contrario.

Mientras intentaba decidir entre grabar la conferencia o simplemente disfrutarla, comprendí que estaba frente a uno de esos expositores excepcionales capaces de convertir la ciencia en un relato apasionante. Hice ambas cosas: registré la conferencia y, al mismo tiempo, me dejé sorprender como un estudiante que descubre por primera vez la inmensidad del mundo.

En la pantalla aparecían selvas, ríos, manglares, anfibios, aves, mamíferos y árboles centenarios. En la voz del conferencista aparecían cifras, investigaciones, hallazgos y explicaciones que hacían comprensible la complejidad de uno de los territorios más biodiversos del planeta.

El protagonista de aquella lección magistral era el doctor Giovanny Ramírez Moreno, hijo de Quibdó, investigador, científico y subdirector de Investigaciones Ambientales del Pacífico del Instituto de Investigaciones Ambientales del Pacífico (IIAP).

Más de dos décadas dedicadas a recorrer los bosques, navegar los ríos, estudiar la fauna, registrar la flora y comprender la extraordinaria arquitectura natural del Chocó Biogeográfico le han otorgado una autoridad que no proviene únicamente de los libros, sino del territorio mismo. Es un científico formado en la academia, pero también en el barro de los senderos, en la humedad de la selva y en el rumor permanente de los grandes ríos del Pacífico colombiano.

Mientras hablaba, el auditorio permanecía inmóvil. No había distracciones. No había conversaciones paralelas. Solo rostros atentos y miradas de asombro. Era como emprender un safari científico por una región donde cada árbol guarda una historia evolutiva, donde cada quebrada alimenta la vida y donde cada especie representa un patrimonio irrepetible para la humanidad.

Con admirable sencillez, el doctor Ramírez nos recordó que el Chocó Biogeográfico no es solamente una extensa franja de bosque húmedo tropical. Es uno de los mayores laboratorios naturales del planeta, un santuario de vida reconocido internacionalmente por su excepcional biodiversidad.

Pocas regiones del mundo concentran semejante riqueza biológica. Miles de especies de plantas, aves, anfibios, reptiles, mamíferos e insectos encuentran allí su hogar, muchas de ellas exclusivas de este territorio. Es un verdadero banco genético para la ciencia, una reserva estratégica para el equilibrio climático del planeta y uno de los ecosistemas con mayor capacidad para capturar carbono y producir los servicios ambientales que sostienen la vida.

Sus ríos —entre ellos el Atrato, el San Juan y el Baudó— descienden vigorosos desde la cordillera hasta el océano, irrigando una de las regiones más lluviosas del mundo. Sus manglares protegen la costa, sus bosques regulan el clima y sus selvas albergan especies que aún esperan ser descubiertas por la ciencia.

Pero quizás la mayor riqueza del Chocó Biogeográfico no reside únicamente en su naturaleza exuberante. También habita en sus pueblos afrodescendientes e indígenas, comunidades que durante siglos han construido una relación armónica con el territorio y que hoy representan una invaluable fuente de conocimiento ancestral para la conservación de los ecosistemas.

Mientras el mundo discute cómo enfrentar el cambio climático, la pérdida acelerada de biodiversidad y la degradación ambiental, el Chocó continúa ofreciendo respuestas. Allí la naturaleza todavía enseña que el desarrollo no puede construirse destruyendo aquello que garantiza nuestra existencia.

Cada fotografía proyectada durante la conferencia era una invitación a comprender esa verdad. Cada dato científico desmontaba prejuicios. Cada explicación despertaba admiración. Y cada reflexión confirmaba que Colombia posee un patrimonio natural cuya verdadera dimensión aún no termina de valorar.

Al finalizar la exposición me acerqué a la doctora Julia del Carmen Palacios, bióloga y enlace del IIAP en Bogotá, quien gentilmente me había extendido la invitación a este inolvidable encuentro. Sin pensarlo demasiado le pregunté:

—¿Esta conferencia ya fue traducida al inglés y al francés?

Ella sonrió.

Mi pregunta tenía una razón muy sencilla.

Conferencias de este nivel no deberían quedarse únicamente en los auditorios colombianos. Tendrían que recorrer universidades de América, Europa y otros continentes, porque el mundo necesita escuchar, de boca de quienes lo conocen profundamente, por qué el Chocó Biogeográfico constituye uno de los grandes tesoros ambientales de la humanidad.

Talento humano

No exagero al afirmar que una exposición como esta debería incorporarse a la Cátedra de Estudios Afrocolombianos, a los programas universitarios de ciencias ambientales, biología, comunicación social y periodismo. También debería convertirse en material de consulta para quienes toman decisiones sobre el futuro ambiental del país. Porque la ciencia, cuando se comunica con claridad y pasión, deja de ser exclusiva de los laboratorios para convertirse en una poderosa herramienta de transformación social.

En tiempos en que el planeta reclama acciones urgentes para proteger la naturaleza, voces como la de Giovanny Ramírez Moreno nos recuerdan que el Chocó Biogeográfico no es un territorio periférico de Colombia: es uno de los corazones ambientales de la Tierra. Y quienes lo estudian, lo defienden y lo enseñan con la pasión que él transmite, terminan dejando boquiabierto no solo a un auditorio, sino a cualquiera que comprenda que la mayor riqueza de un país no siempre se mide en minerales o dinero, sino en la capacidad de preservar la vida.

Mi reconocimiento se extiende al equipo del Instituto de Investigaciones Ambientales del Pacífico (IIAP) y a su director, William Klinger, por impulsar una institución que hoy representa uno de los más importantes centros de investigación ambiental de Colombia y por confiar la representación del Pacífico colombiano a un investigador de la talla de Giovanny Ramírez Moreno; talento humano sin discusión alguna.

Salí de Corferias con la certeza de que había asistido mucho más que a una conferencia. Había presenciado una verdadera cátedra sobre la vida. Una lección dictada por un científico chocoano que no solo domina el lenguaje de la investigación, sino también el de la pedagogía; un hombre que ha hecho de la biodiversidad su vocación, de la selva su laboratorio y del conocimiento un compromiso con las generaciones presentes y futuras.

El director general del Instituto de Investigaciones Biológicas Alexander Von Humboldt, Hernando García, Mónica Mendieta, Julia Palacios y Giovanny Ramíre del IIAP.