En Opogodó la tierra se partió en dos y las 31 casas del barrio el Socorro tienen que ser demolidas/ foto: Antonio Sánchez
Y aquí quiero detenerme, porque hay que agradecer. Claro que sí. Cada ayuda, cada funcionario que llegó, cada institución que respondió, cada colombiano que donó, cada médico, piloto, conductor, enfermero, voluntario, periodista, rescatista y ciudadano que puso su tiempo y sus recursos al servicio de los damnificados.
Se les agradece, pero tampoco saquemos tanto pecho, porque buena parte de lo que hoy se presenta como una gran respuesta frente a la emergencia también tiene que ver con la reparación de años de abandono por parte de los gobiernos nacionales. El Chocó no nació el día del terremoto, y sus necesidades tampoco.
La tragedia simplemente hizo visibles, ante los ojos del país, heridas que llevaban muchos años abiertas.
Por Antonio Sánchez/
Fotoperiodista
Por estos días, mientras volvemos a preparar las maletas para ir a Quibdó y regresar a Condoto, intento ordenar en la memoria todo aquello que vimos, escuchamos y sentimos durante nuestro recorrido. Pero hay recuerdos que no caben en una libreta. Se quedan en el corazón. Son lecciones de vida que nos va dejando el terremoto.
El terremoto nos dejó casas averiadas y otras destruidas, calles heridas, familias desconsoladas y comunidades enteras tratando de entender cómo un movimiento de la tierra pudo cambiarles la vida en cuestión de segundos.
Pero también nos dejó algo que ninguna estadística puede medir: las voces de la gente.
Durante nuestro recorrido periodístico por Cali, Istmina, Condoto, Opogodó, Nóvita, La Y y, especialmente, San José del Palmar, junto a mi colega Beto Play, desde El AfroBogotano y Étnica TV, fuimos recogiendo frases que, más que testimonios de una tragedia, terminaron convirtiéndose en verdaderas lecciones para aprender a vivir.
Porque a veces la sabiduría no está en los grandes discursos. Está en una mujer que perdió su casa, en un hombre que ofrece comida cuando apenas tiene para él, y en un campesino que mira los escombros y dice que volverá a comenzar. En una comunidad que, después de perderlo casi todo, todavía tiene fuerzas para preguntar: “¿Cuándo vuelve?”
“La fragilidad de la vida no depende de nosotros”. Quizás sea una de las primeras lecciones. Nos pasamos la vida haciendo planes, acumulando cosas, construyendo certezas y creyendo que mañana estará allí exactamente como lo imaginamos. Hasta que la tierra se mueve. Entonces comprendemos que una vivienda puede caer, un negocio puede desaparecer y una vida puede cambiar para siempre en cuestión de segundos.
Y nos damos cuenta de que muchas de las cosas por las que discutimos todos los días realmente no importan tanto.
Levantarse por los que se fueron
“Nos levantaremos por los que se fueron”. No hay frase más poderosa para una comunidad golpeada, porque levantarse después de una tragedia no significa simplemente reconstruir paredes. Significa volver a sonreír, volver a sembrar, volver a trabajar, volver a creer. Y hacerlo también por quienes no tuvieron la oportunidad de continuar.
“Gracias a los colombianos que donaron. Por fin estamos comiendo bueno”.
Puede parecer una frase pequeña, pero detrás de esas palabras hay una realidad enorme.
Hay familias que necesitaban alimentos, agua, medicamentos y elementos básicos para sobrevivir, y hubo colombianos que, desde lugares lejanos, decidieron compartir lo que tenían.
La solidaridad no siempre llega en grandes camiones, a veces llega en una bolsa, en una caja, en una botella de agua, en un plato de comida y, sobre todo, llega en forma de humanidad.
El chocó no nació con el terremoto
La tragedia también trajo cámaras, muchas cámaras, influencers, periodistas, personajes que llegaron para contar el dolor. Y está bien. El dolor debe contarse. Las comunidades necesitan que el país las escuche. Pero hay una pregunta que resulta inevitable: ¿Por qué algunos llegaron solamente cuando el Chocó estaba herido?
¿Por qué no vinieron antes a contar sus ríos, sus montañas, su biodiversidad, sus músicos, sus agricultores, sus científicos, sus deportistas, sus cocineras, sus emprendedores y esa riqueza humana que permanece allí incluso cuando nadie la está mirando?
Pareciera que para algunos el Chocó solamente existe cuando hay tragedia. Y eso también debería hacernos reflexionar.
La geografía del dolor
Durante estos días conocimos periodistas e influencers que no se atrevieron a llegar por carretera hasta San José del Palmar. Algunos no encontraron puesto en un helicóptero y, desde la distancia, narraron el dolor de una comunidad que necesitaba ser vista, escuchada y acompañada. Y entonces surge otra pregunta:
¿Se puede contar completamente una tragedia sin caminar el territorio donde ocurrió?
El periodismo tiene cámaras, tiene micrófonos, tiene redes sociales, pero también tiene algo que ninguna tecnología puede reemplazar: la presencia.
Hay historias que solamente aparecen cuando uno se sienta frente a una persona, la mira a los ojos y le pregunta: “¿Cómo está?”
No conviertan el dolor en espectáculo
La tragedia también genera audiencia, y la audiencia genera dinero, pero hay una frontera que jamás deberíamos cruzar: monetizar a costa del dolor ajeno.
El sufrimiento de una familia no debería convertirse en espectáculo y la lágrima de una madre no debería ser una estrategia para conseguir seguidores. La desgracia de un pueblo no debería medirse únicamente en reproducciones. Contar el dolor es una responsabilidad. No un negocio.
No saquen tanto pecho
Y aquí quiero detenerme, porque hay que agradecer. Claro que sí. Cada ayuda, cada funcionario que llegó, cada institución que respondió, cada colombiano que donó, cada médico, enfermero, voluntario, periodista, rescatista y ciudadano que puso su tiempo y sus recursos al servicio de los damnificados.
Se les agradece, pero tampoco saquemos tanto pecho, porque buena parte de lo que hoy se presenta como una gran respuesta frente a la emergencia también tiene que ver con la reparación de años de abandono. El Chocó no nació el día del terremoto, y sus necesidades tampoco. La tragedia simplemente hizo visibles, ante los ojos del país, heridas que llevaban muchos años abiertas.
¿Y las iglesias?
Entre los escombros quedaron viviendas, escuelas, negocios, pero también iglesias, lugares donde miles de personas habían encontrado refugio espiritual.
¿Quién repara las iglesias que también quedaron heridas?
Porque cuando se derrumba un templo no solamente caen paredes, también se afecta un lugar donde una comunidad se reunía, oraba, celebraba, lloraba y encontraba consuelo.
El periodista que descubrió que en el chocó hay una gobernadora que habla inglés
Y sí, también hubo quien se sorprendió porque una gobernadora negra habla inglés. Como si ser negra y hablar inglés fueran condiciones incompatibles. Quizás la verdadera sorpresa debería ser otra:
¿Por qué todavía existen periodistas que llegan al Chocó con tantos prejuicios y tan pocas preguntas?
Este territorio está lleno de profesionales brillantes, de mujeres y hombres preparados, de científicos, de médicos, de escritores, de abogados, de maestros, de microempresarios, de artistas, de deportistas, de líderes y de gente que ha estudiado dentro y fuera del país. El Chocó no necesita que lo descubran, necesita que lo conozcan.
“Mi casa me la dejan como estaba”
Hay frases que parecen sencillas y terminan rompiéndole a uno el alma.
“Mi casa me la dejan como estaba”. No está pidiendo una mansión, no está pidiendo privilegios, está pidiendo recuperar su hogar; ese lugar donde estaban sus fotografías, sus recuerdos, sus hijos, sus sueños.
“¿usted es el alcalde?”
En medio de la incertidumbre, cualquiera que parezca capaz de ayudar se convierte en esperanza. Una pregunta sencilla puede revelar el tamaño de una necesidad.
“¿Usted es el alcalde?” Porque cuando todo se derrumba, la gente busca a quien pueda ayudar a reconstruir algo, aunque sea una baldosa o una teja de zinc, aunque sea una vida, aunque sea la esperanza.
“No se le vaya a olvidar de mis fotos”
También aprendimos que la gente quiere dejar memoria.
“No se le vaya a olvidar de mis fotos”.
No. No se nos van a olvidar: porque una fotografía puede convertirse en testimonio, puede decirle al país: aquí estuvimos, esto nos pasó. Mírennos, no nos olviden.
“Venga, yo veo cómo quedaron”
Y entonces alguien abre la puerta de su casa destruida. Muestra las paredes, señala una grieta, explica dónde estaba la habitación, dónde dormían los niños, dónde estaba la cocina, dónde guardaban sus recuerdos.
Y uno entiende que el periodismo también consiste en acompañar, en escuchar, en mirar y en quedarse un momento más.
“Amigo, venga, coma”
Quizás esta sea una de las lecciones más grandes que nos llevamos. Quien tiene poco también comparte.
En medio de la tragedia, alguien todavía tiene la generosidad de decir: “Amigo, venga, coma”. Y uno comprende que la pobreza material no necesariamente significa pobreza de corazón. Hay gente que tiene poco y comparte mucho.
“¿cuándo vuelve?”
Esta pregunta nos la hicieron varias veces. Y quizás sea la que más se quedó conmigo.
Porque cuando alguien que apenas acabas de conocer te pregunta cuándo regresarás, algo cambió. Ya no eres solamente el periodista que llegó con una cámara, ya no eres un visitante, ya eres parte, aunque sea por un instante, de su historia.
Y esa pregunta también es una responsabilidad.
La tragedia simplemente hizo visibles, ante los ojos del país, heridas que llevaban muchos años abiertas
El terremoto pasará. la vida continuará.
Algún día las estadísticas dejarán de aparecer en los titulares. Las cámaras se irán, los helicópteros regresarán a sus bases, los periodistas volverán a sus ciudades, los influencers buscarán otra historia, las redes sociales encontrarán otro tema; pero quienes perdieron sus casas seguirán allí, quienes perdieron a sus seres queridos seguirán intentando reconstruir sus vidas, y quienes sobrevivieron seguirán esperando.
Por eso regresamos. Volvemos a Quibdó y Condoto con nuestras cámaras, nuestros micrófonos y nuestras libretas, pero también regresamos con algo mucho más importante: el compromiso de no olvidar.
Porque el periodismo no debería aparecer únicamente cuando la tragedia enciende las cámaras, debería estar también cuando llega la reconstrucción, cuando comienza el regreso a clases, cuando vuelve el campesino a sembrar y el pescador a su faena; cuando se abre nuevamente una tienda, cuando una familia recibe las llaves de su nueva casa, cuando un pueblo vuelve a sonreír. Eso también merece ser contado.
Este no es solamente un reportaje sobre un terremoto
Es un recorrido por la condición humana, por la fragilidad, por la solidaridad, por la indiferencia, por la esperanza, por la dignidad, por la capacidad de levantarse cuando pareciera que todo está perdido. Y quizás, al final, estas voces nos dejaron una última enseñanza: la vida puede quitarnos muchas cosas en segundos. En mi caso: volví a nacer, luego de quedar atrapado en ese octavo piso del hotel Ibis, en Cali.
Pero mientras tengamos fuerzas para levantarnos, alguien a quien abrazar, una mano que ayudar y una razón para regresar… todavía tenemos mucho por vivir.
Y ahora, las imágenes hablan
Como complemento de esta reflexión, El AfroBogotano y Étnica TV, junto a mi colega Beto Play, presentan un reportaje gráfico construido durante nuestro recorrido por los territorios afectados.
Son imágenes de dolor y esperanza, de casas heridas y comunidades de pie, de rostros que hablan sin necesidad de palabras, de solidaridad, de resistencia, de gente que, aunque lo perdió casi todo, todavía conserva lo más importante: la esperanza de volver a empezar. Porque algunas fotografías no solamente registran una tragedia, también registran la dignidad de quienes decidieron sobrevivirla.
¡ÁNIMO, NO ESTAN SOLOS!
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