Barno Khojibaeva y Ana Cecilia Rojas, en las previas de la preparación de un guiso de calamar/ foto: Antonio Sánchez
En el corazón palpitante de Buenaventura, donde el bullicio del puerto se mezcla con el eco de las historias invisibles, nace y resiste la vida de Ana Cecilia Rojas: cocinera tradicional, madre soltera, sobreviviente y guardiana de una sazón que cuenta lo que muchas veces el país se niega a escuchar.
Por Antonio Sánchez/fotoperiodista
Ana Cecilia: fuego, memoria y dignidad
Ana Cecilia nació en el barrio La Palera, un territorio olvidado donde el agua potable es un privilegio ausente. Allí, entre calles marcadas por la carencia, creció viendo pasar —en un contraste que duele— las tractomulas cargadas de riqueza rumbo a las grandes ciudades de Colombia, mientras su comunidad seguía esperando lo básico.
La vida no le ha sido indulgente. A Ana Cecilia le arrebataron un hijo. El dolor es tan profundo que ni siquiera pronuncia su nombre. Pero también la sostiene el amor: el de su hija, Nazly Yadira Mantilla Rojas, quien la acompaña cada día en su pequeño pero poderoso emprendimiento gastronómico: “Aba Cecilia”, un rincón de resistencia ubicado en la Galería Central de Buenaventura.
Allí, entre el humo espeso del fogón de carbón y el canto metálico de las cacerolas, Ana Cecilia transforma ingredientes en memoria viva. Sus manos, curtidas por el tiempo, dan vida a guisos de camarón, piangua y encocado de tollo; a la infaltable cazuela de mariscos y al reconfortante sancocho de ñato. Todo, sazonado con ajo, cebolla y coco —sus aliados eternos— y con un ingrediente secreto que no se compra: el amor por su gente.
Cada día, después del mediodía y hasta que el sol empieza a rendirse, Ana Cecilia sirve platos que no solo alimentan el cuerpo, sino también la identidad de un pueblo.
Un encuentro que cruzó océanos
Fue en ese escenario —vivo, cálido, imperfecto— donde ocurrió un encuentro inesperado. La esposa del candidato presidencial Luis Gilberto Murillo, la rusa Barno, recorría los pasillos de la galería cuando se encontró con la sonrisa franca de Ana Cecilia.
Bastó una mirada para que se reconocieran. Sin protocolos ni distancias, la cocinera la invitó a su mundo:
—“Siga, doctora”.
Y la condujo a su cocina, donde el fuego ardía y los aromas envolvían el ambiente como un abrazo. Allí, dos mujeres de geografías opuestas —una nacida en Rusia, otra en el Pacífico colombiano— se encontraron en un lenguaje común: el de la cocina y la humanidad.
El diálogo fluyó entre ollas y cucharones. Barno, en un español fluido, elogió la sazón de Ana Cecilia y su espíritu emprendedor. Pero no se quedó en la admiración: preguntó por las dificultades, por las necesidades del puesto, por los desafíos que enfrentan no solo ellas, sino las otras 17 cocineras que comparten ese espacio.
Cocinar juntas: un acto de encuentro
Lo que siguió fue más que simbólico. En una cocina que reflejaba tanto la riqueza cultural como las carencias estructurales —rodeada de calles con problemas de aseo y servicios—, Barno decidió dejar de ser visitante y convertirse en aprendiz. Tomó un cuchillo. Cortó calamar en tiras. Siguió las indicaciones de Ana Cecilia. Y durante casi 20 minutos, cocinaron juntas.
No fue solo un gesto: fue un puente. Entre continentes. Entre realidades. Entre la política y la vida cotidiana.
De ese fogón no solo salieron platos apetitosos, sino también promesas, preguntas y la posibilidad de una visita futura del propio candidato Murillo.
La voz de Ana Cecilia
Pero Ana Cecilia no dejó que el momento se diluyera en la cordialidad. Con la misma franqueza con la que cocina, habló:
—“Doctora, usted me cayó bien, me da confianza y le vamos a colaborar votando por Murillo, él es nuestro, es de acá; pero no se olvide de nosotras…”. Su petición no fue abstracta. Fue concreta, urgente, cotidiana: —“…necesitamos que nos solucionen el problema de las palomas que ensucian el lugar. Eso aleja al turista y a los mismos nativos. Queremos que este lugar sea un ejemplo de limpieza para todas las galerías del país”.
Barno escuchó. Respondió con una promesa: —“Les vamos a ayudar, voy a volver”. Y sellaron ese momento con un abrazo estrecho, sincero, cargado de reconocimiento mutuo que finalizó con un “Me voy orgullosa de haberla conocido”
Ana Cecilia no es solo una cocinera. Es símbolo de resistencia en un territorio donde la riqueza circula, pero no se queda. Es memoria viva de un Pacífico que, a pesar de todo, sigue cocinando esperanza. En su fogón arde algo más que carbón: arde la dignidad de un pueblo que, como ella, no se rinde.
Murillo es Pacífico
El sol que, por estos días de verano porteño, nos moja las pieles de la sudoración y regala atardeceres que dibujan inolvidables pinturas de picazo, fueron el marco propicio para que Barnoth se mesclara por entre los vericuetos de los palafitos que informan de manera errónea que son habitaciones dignas para sus habitantes. Casas de palafitos que colindan con el mar y que amenazan ruina ante el histórico abandono del Estado. Los niños salieron al encuentro del candidato Murillo, en busca de un abrazo que les devuelva la esperanza. Y allí, junto a su esposa, se comprometieron a que su precaria situación tiene que cambiar.
En esta primera entrega sobre el recorrido por El Piñal, la Galería Central, el Puente Nayero y el emblemático Malecón, se evidencia —a partir de las voces de la comunidad y el ejercicio periodístico en territorio— que la magnitud de los problemas supera incluso las previsiones iniciales de Luis Gilberto Murillo y Barnoth.
La realidad encontrada no solo expone rezagos históricos, sino que reafirma la urgencia de intervenciones estructurales y decisiones políticas de fondo para responder a las demandas de una población que clama por dignidad y desarrollo.
No más espera
El reto de adentrarse en la riqueza de la sazón de doña Cecilia y en el talento vibrante de los jóvenes bailarines, así como de escuchar de cerca sus preocupaciones y necesidades, trasciende la anécdota para convertirse en un compromiso político ineludible para la esposa de Luis Gilberto Murillo: poner fin, de manera definitiva, al histórico abandono que condena a jóvenes talentosos a la falta de oportunidades y garantizar un futuro digno para las cocineras de la Galería Central de Buenaventura.
Este encuentro no solo visibiliza la dignidad que se cocina a diario entre fogones y se expresa en cada paso de baile, sino que interpela al poder, lo confronta y lo obliga a responder con acciones concretas frente a una realidad que ya no admite más espera.
Galería de la visita
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