El ingeniero Luis Gilberto Murillo, inscribió su candidatura junto a la politóloga Luz María Zapata/ foto: Prensa LGM

El ambiente estaba cargado de expectativa cuando el ingeniero chocoano Luis Gilberto Murillo tomó la palabra durante el acto de inscripción de su candidatura a la Presidencia de la República. No comenzó con cifras ni con consignas tradicionales de campaña. Empezó, como comienzan las conversaciones en el territorio, con cercanía y humanidad.

Por Antonio Sánchez/ fotoperiodista

 

“¿Cómo está mi gente?”

El saludo, cálido y directo, evocó la tradición de los liderazgos afrocolombianos, donde la política no se anuncia desde la distancia del poder, sino desde el encuentro con la comunidad. Con esa frase sencilla, Murillo abrió un discurso cargado de recuerdos y anécdotas de sus primeros años de estudio en su pueblo natal, cuando el esfuerzo, la disciplina y la esperanza eran las herramientas con las que soñaba abrirse camino.

No hablaba desde la comodidad de los privilegios, sino desde la memoria de quien conoce el país profundo.

Fue entonces cuando dejó clara una de las ideas centrales de su aspiración presidencial: su candidatura no nació en una sala de juntas ni en los cálculos fríos de la política tradicional. Nació en la experiencia de vida de millones de colombianos que han tenido que abrirse paso con sacrificio.

En su intervención advirtió que el país no puede seguir atrapado entre quienes buscan gobernar desde el miedo y quienes apelan al resentimiento para dividir a la nación.

“¿Cuántos presidentes estudiaron a la luz de una vela?”, preguntó ante los asistentes, dejando una reflexión que resonó en el auditorio: nadie es menos por el lugar donde nace.

Luego vino el saludo a la Colombia real, la que trabaja, resiste y sueña todos los días. A las madres que sostienen hogares y comunidades; a los jóvenes que se niegan a renunciar a sus sueños; a los mineros y campesinos que labran el sustento de la nación; a los trabajadores informales que luchan por dignidad en las calles; a los pequeños empresarios que apuestan por el progreso; a los estudiantes que imaginan un futuro distinto; a los docentes que forman generaciones; y a las personas mayores, guardianes de la memoria colectiva.

También reconoció a quienes, desde los barrios y las veredas del país, sostienen con su esfuerzo cotidiano la vida comunitaria.

“Ustedes son el corazón de esta democracia”, afirmó con convicción.

Y ese corazón —dijo— hoy late con más fuerza que nunca, llamando a construir una sola Colombia: un país donde el Pacífico y La Guajira valgan tanto como Bogotá; donde un niño de los barrios populares de Barranquilla o Cartagena tenga las mismas oportunidades que un niño de Chapinero.

Fue entonces cuando anunció que su proyecto político también trae una nueva claridad para el país.

“Hoy traigo una luz distinta, una luz que no titila, una luz con nombre propio”.

Con esas palabras presentó ante el país a quien lo acompañará en esta travesía política: Luz María Zapata, su fórmula vicepresidencial.

Luz María —dijo— es una lideresa con experiencia, carácter y un profundo conocimiento de las regiones. Una mujer que ha recorrido Colombia de cerca, escuchando a sus comunidades, construyendo consensos y encontrando soluciones.

Como presidenta de ASOCAPITALES, trabajó de la mano con alcaldes de todo el territorio nacional. Allí conoció de primera mano lo que les duele a los territorios, lo que anhelan y también aquello que muchas veces les impide avanzar. Donde otros veían obstáculos, Luz María vio oportunidades.

Ha sabido unir empresarios y comunidades, tejiendo puentes entre los sueños de las regiones y las decisiones del poder central; transformando diagnósticos en acciones concretas que han impactado positivamente la vida de miles de colombianos.

Pero su liderazgo también ha estado marcado por una causa profunda: la defensa de los derechos de las mujeres. A lo largo de su vida pública ha trabajado para abrir caminos, para que ninguna niña, en ningún rincón del país, vuelva a sentirse invisible.

Desde las grandes ciudades hasta los territorios más olvidados, ha llevado siempre la convicción de que Colombia puede transformarse cuando sus regiones caminan juntas.

Y esa experiencia —afirmó Murillo— será clave en el gobierno que propone para el país: unir territorios, ciudadanía y sector productivo en torno a un mismo propósito: generar oportunidades reales para todas y todos los colombianos.

Un anuncio que, más que un gesto protocolario, fue planteado como un símbolo de la apuesta por un liderazgo capaz de convocar a una nación diversa, con la mirada puesta en la reconciliación, la equidad y las oportunidades.

Porque, según Murillo, cuando un país decide creer en sí mismo, la esperanza deja de ser un discurso y se convierte en camino.

Entre los extremos y el camino del centro

En otro momento de su intervención, el candidato presidencial Luis Gilberto Murillo planteó una reflexión que resonó con fuerza entre los asistentes. Más que una consigna de campaña, fue una pregunta directa al país:

“Déjenme preguntarles algo que todos sentimos, pero pocos se atreven a decir:
¿quieren que Colombia siga atrapada entre dos extremos que no le ofrecen una salida real?”

La pregunta quedó suspendida en el ambiente. Murillo la reforzó con otra inquietud que reflejaba el cansancio acumulado de amplios sectores de la sociedad:

“¿Eso es todo lo que merecemos? ¿Elegir entre dos versiones del mismo fracaso?”

Para el candidato, el país atraviesa un momento de agotamiento colectivo. Un cansancio que —según dijo— se expresa en la confrontación permanente, en los gritos que reemplazan al diálogo y en las promesas que nunca logran llegar hasta las veredas, los barrios y los territorios donde realmente se juega el destino de millones de colombianos.

“Colombia está cansada de insultos y de polarización —afirmó—. Lo que el país necesita es una opción distinta: una que no esté basada en el miedo ni en el odio, sino en la esperanza y en los resultados”.

Fue entonces cuando abordó una de las preguntas que, según reconoció, le formulan con mayor frecuencia en los recorridos por el país: si su proyecto político pertenece a la izquierda o a la derecha.

La respuesta, explicó, no se encuentra en las etiquetas ideológicas tradicionales.

“Yo soy de la Colombia que necesita que el agua llegue a las casas, que el empleo exista, que las carreteras conecten a las regiones y que los jóvenes tengan futuro”, expresó.

Más que una definición doctrinaria, su planteamiento se presentó como una apuesta práctica por la gestión pública y los resultados concretos.

“Nosotros no gobernamos con etiquetas. Gobernamos con resultados”.

Desde esa perspectiva, Murillo reivindicó su lugar en el centro político, pero —aclaró— en un centro con raíces en los territorios, construido desde la experiencia de las regiones y desde la comprensión de los problemas estructurales del país.

Un centro —dijo— que reconoce y cuestiona las profundas desigualdades de Colombia; que entiende los efectos del centralismo histórico; y que busca incluir a quienes durante décadas han permanecido invisibilizados en la toma de decisiones.

“Esta candidatura es independiente, ciudadana y va en serio, concluyó, dejando claro que su apuesta política busca abrir un camino distinto en medio de la polarización que domina el debate nacional.

La bandera de las oportunidades

En el desarrollo de su discurso, el candidato presidencial Luis Gilberto Murillo dejó clara cuál será —según dijo— la bandera central de su proyecto político: generar oportunidades reales para toda la gente.

“Nuestra bandera principal es una sola: generar oportunidades reales para todos los colombianos. No para unos pocos. Para todos”, afirmó.

Pero Murillo aclaró que cuando habla de oportunidades no se refiere únicamente a subsidios o a dádivas temporales. Su planteamiento —explicó— apunta a algo más profundo: construir las condiciones para que millones de colombianos puedan transformar su esfuerzo cotidiano en estabilidad, empresa y patrimonio.

Las cifras que mencionó reflejan la dimensión del desafío. Hoy, recordó, más de 13,6 millones de colombianos trabajan en la informalidad, buscándose el sustento cada día sin seguridad social, sin acceso al crédito y sin un horizonte estable. De ellos, el 62,8 % son trabajadores por cuenta propia, no por elección sino por necesidad. En las zonas rurales, la situación es aún más crítica: la informalidad alcanza cerca del 83 %.

“Cuando una familia apenas logra comer una vez al día —señaló—, no es un problema de actitud ni de esfuerzo. Es la señal más clara de que el sistema les está fallando”.

Frente a esa realidad, su propuesta busca transformar la energía de millones de trabajadores informales en un motor de crecimiento económico.

“Vamos a construir la plataforma para que esa energía se convierta en empresa, en empleo y en patrimonio”, aseguró.

Murillo reconoció que en años recientes se dieron pasos importantes al activar la base de la pirámide social mediante transferencias directas del Estado. Sin embargo —dijo— el desafío ahora es avanzar hacia una nueva etapa: convertir ese impulso inicial en oportunidades sostenibles de crecimiento.

“Tenemos que evolucionar de la economía de la subsistencia hacia la economía de las oportunidades”.

En ese tránsito, explicó, la formalización juega un papel clave. Cuando un colombiano logra formalizar su actividad económica, puede ahorrar, acceder a crédito y construir un patrimonio que le permita ofrecer mejores condiciones de vida a su familia.

“Ese es el objetivo concreto de nuestra política económica: que el bolsillo de cada colombiano tenga la tranquilidad necesaria para resolver su día a día”.

Murillo también enfatizó que su proyecto político cree firmemente en el empresariado como motor del desarrollo. Recordó que Colombia cuenta hoy con más de 1,8 millones de empresas activas, de las cuales el 94 % son microempresas, emprendimientos nacidos del esfuerzo cotidiano de ciudadanos que cada mañana se levantan a construir algo propio.

“Ese es el tejido vivo de este país”, afirmó.

Para que ese tejido empresarial crezca, agregó, será fundamental fortalecer las alianzas entre pequeñas, medianas y grandes empresas, apoyadas por políticas públicas que conecten el dinamismo del sector privado con el desarrollo de los territorios.

La apuesta —explicó— será impulsar alianzas público-privadas reales, capaces de generar encadenamientos productivos en las regiones y abrir oportunidades para jóvenes, mujeres, campesinos y emprendedores tanto en las ciudades como en el campo.

Murillo también destacó que Colombia ya está demostrando su capacidad para competir en la economía global. Mencionó, por ejemplo, a jóvenes de Pereira que desarrollan software y venden aplicaciones al mundo; a creativos en Bogotá que producen videojuegos reconocidos internacionalmente; y a arquitectos en Barranquilla que diseñan proyectos para el sur de la Florida, en Estados Unidos.

“Colombia ya está conectada y ya está generando valor”, afirmó.

Lo que falta —según su visión— es un gobierno capaz de construir los circuitos de inclusión que permitan que más colombianos participen de esa transformación económica.

Finalmente, el candidato recordó que la riqueza del país —sus ríos, sus bosques, su biodiversidad, su cultura y, sobre todo, su gente— debe convertirse en bienestar para quienes habitan los territorios.

“La riqueza de Colombia no puede seguir terminando en otras manos o en otros países. Tiene que quedarse donde nace”.

Para Murillo, esa es la verdadera apuesta de su candidatura: hacer de Colombia un país donde la oportunidad deje de ser privilegio y se convierta en un derecho para todos.

Una historia personal convertida en propósito público

En otro pasaje de su intervención, el candidato presidencial Luis Gilberto Murillo apeló a su propia historia de vida para explicar el origen de su vocación pública y el sentido de su aspiración presidencial.

“¡Ustedes me conocen!”, dijo al iniciar ese tramo de su discurso.

Murillo recordó que su llegada a este momento político no responde a herencias familiares ni a apellidos tradicionales del poder. Su camino —afirmó— ha estado marcado por las experiencias de una región que durante décadas ha sido ignorada por el Estado y olvidada por las prioridades nacionales.

“Yo no llegué aquí por herencia política ni por apellido. Llegué porque soy de aquí”, expresó, evocando las condiciones en las que creció, similares a las de millones de colombianos en los territorios más apartados del país.

Como muchos de quienes lo escuchaban —recordó— estudió a la luz de las velas, caminó por trochas lodosas y creció escuchando una frase que, según dijo, marcó durante años la relación del Estado con su región: “Eso por allá no es prioridad”.

Esa experiencia, explicó, deja a quienes la viven frente a dos caminos posibles: aceptar la resignación o levantarse, prepararse y demostrar que estaban equivocados.

“Como muchos de ustedes, yo elegí la segunda”, afirmó.

De esa historia personal —agregó— surgieron tres principios que hoy orientan su forma de entender el liderazgo y el ejercicio del poder.

El primero, la dignidad, porque nadie es menos por el lugar donde nace.

El segundo, la serenidad, convencido de que los problemas grandes del país no se resuelven con gritos ni con confrontaciones, sino con cabeza fría y responsabilidad.

Y el tercero, los resultados, porque —según subrayó— la gente no vive de discursos, sino de transformaciones concretas en su vida cotidiana.

“Esos valores no son retóricos”, concluyó, anticipando que su trayectoria en el servicio público busca precisamente demostrar que es posible traducir las palabras en hechos y las promesas en realidades para los territorios históricamente olvidados.

Logros construidos con esfuerzo

En ese punto del discurso, el candidato presidencial Luis Gilberto Murillo decidió respaldar sus palabras con hechos concretos, recordando algunos de los logros que —según afirmó— han marcado su trayectoria en el servicio público.

No los presentó como trofeos personales, sino como resultados construidos a partir del trabajo colectivo y del compromiso con los territorios.

Recordó, por ejemplo, su paso por la dirección del programa Todos Somos Pacífico, desde donde se logró estructurar una inversión cercana a 400 millones de dólares destinada a proyectos de agua potable, saneamiento básico y energía limpia para comunidades del litoral.

“Porque abrir la llave y que salga agua no es un lujo —es dignidad”, señaló.

También evocó su gestión como gobernador de Chocó, donde impulsó la creación del primer Comité Departamental de Paz y promovió una apuesta decidida por la educación superior en la región, entregando 157 becas de maestría y doctorado para jóvenes del departamento.

Más adelante, desde el Ministerio de Ambiente —cargo que ejerció durante el gobierno de Juan Manuel Santos— lideró iniciativas que buscaban alinear la protección ambiental con el bienestar de las comunidades rurales. Entre ellas, destacó los pagos directos a familias campesinas que protegen el bosque, una política basada en la convicción de que quienes cuidan la naturaleza deben vivir mejor, no peor.

Murillo también recordó su experiencia en la diplomacia, primero como canciller y posteriormente como embajador de Colombia ante el gobierno de Joe Biden en los Estados Unidos. Desde ese escenario —explicó— contribuyó a evitar que un momento de tensión bilateral se transformara en una crisis económica que afectara el empleo, la inversión y la estabilidad de miles de familias colombianas.

“La serenidad también salva empleos y ahorros”, afirmó, subrayando que las decisiones tomadas en esos momentos tuvieron impacto no solo en las grandes ciudades, sino también en regiones como el Pacífico colombiano.

De esa manera, Murillo buscó reforzar la idea que había planteado minutos antes: que la política solo adquiere sentido cuando se traduce en resultados capaces de mejorar la vida de la gente y abrir oportunidades reales para los territorios históricamente olvidados del país.

Principio del formulario. Un llamado final a la esperanza

Hacia el cierre de su intervención, el candidato presidencial Luis Gilberto Murillo volvió al tono íntimo con el que había iniciado su discurso, evocando una convicción que —según dijo— ha marcado su vida y su recorrido público.

“Mi gente, ustedes me enseñaron que el origen no define el destino”.

A su lado, su fórmula vicepresidencial, Luz María Zapata, simbolizaba —en sus palabras— la expresión de esa misma certeza: la de un país que puede abrir nuevos caminos cuando decide creer en sí mismo.

Murillo afirmó que ambos llegan a esta contienda con una idea clara: ofrecerle a Colombia una alternativa distinta en medio de la polarización.

“Este país merece una opción que no sea el miedo ni el odio, sino la esperanza acompañada de resultados”.

Su aspiración, explicó, es que a cada niña y a cada niño de Colombia les llegue una historia diferente: no la del abandono ni la de la confrontación permanente, sino la historia de la oportunidad.

Un país —dijo— donde nadie tenga que irse para triunfar; donde el talento, el trabajo y el origen de la gente se conviertan en el centro del progreso.

“Eso es la oportunidad en Colombia. Y construirla juntos es la tarea que empezamos hoy”.

Pero el candidato también dejó claro que ese propósito requiere del compromiso ciudadano. Por eso, planteó tres invitaciones a quienes escuchaban su mensaje.

La primera, cuidar el proyecto político, evitando que se pierda en el ruido de la confrontación y respondiendo con propuestas allí donde otros responden con insultos.

La segunda, convertir la energía ciudadana en participación democrática, multiplicando el mensaje y llevando la conversación a las familias, a los vecinos y a las comunidades, para explicar que existe una opción distinta con experiencia y resultados.

Y la tercera, demostrar que desde las regiones se puede construir un país unido, lejos de las divisiones que han marcado la vida política nacional.

“Desde las regiones no queremos un país dividido —afirmó—. Queremos una Colombia completa, una Colombia ganadora”.

En ese momento final, Murillo apeló a una imagen que sintetizaba el espíritu de su intervención: la de millones de colombianos que, pese a las dificultades, se negaron a aceptar que su origen fuera una condena.

“Todos somos ese niño o esa niña que decidió luchar con dignidad”.

Para el candidato, esa fuerza colectiva es la que puede abrir un nuevo capítulo en la historia del país.

“La oportunidad es Colombia. Y Colombia somos todos”.

Desde los ríos hasta las cordilleras, desde la selva hasta las grandes ciudades —concluyó—, la tarea ahora es construir juntos la Colombia de las oportunidades.

Porque, como expresó en su última frase ante los asistentes: cuando la Colombia de los rincones se pone de pie, la Colombia entera avanza.