Frente a la postura del ex canciller Luis Gilberto Murillo acerca de cómo los afrodescendientes debemos canalizar nuestras preferencias políticas en Colombia, resulta oportuno evocar el pensamiento de Laureano Gómez Castro. La visión de este expresidente conservador sobre la población negra y el mestizaje estuvo profundamente sesgada por el racismo científico y el determinismo geográfico característicos de las élites intelectuales de finales del siglo XIX y principios del XX.
Por Aroldo Amaya Chaverra*
En su conocida conferencia de 1928 en el Teatro Municipal de Bogotá, titulada Los problemas del atraso en Colombia (posteriormente editada como libro), el autor despliega una tesis profundamente pesimista y despectiva hacia la diversidad étnica del país. Bajo esta premisa, sostenía que la mezcla de sangres constituía la raíz del rezago institucional, económico y cultural de la nación.
En lugar de ocultar su postura biológica y cultural jerarquizada, se jactaba de ella como si fuese el producto de un sofisticado ejercicio intelectual. Bajo esa premisa, sostenía que los componentes no europeos de la población colombiana eran un lastre histórico y, en consecuencia, la raíz directa de nuestro subdesarrollo.
El rechazo absoluto al mestizaje quedó plasmado en su célebre y demoledora sentencia: «Nuestra raza proviene de la mezcla de español, de negro y de indio, los dos últimos caudales de herencia son estigmas de completa inferioridad; es en lo que hayamos podido heredar del espíritu español donde debemos buscar la línea directriz del carácter colombiano contemporáneo».
Bajo la influencia del determinismo geográfico europeo, Gómez vinculaba el clima cálido con las poblaciones afrodescendientes e indígenas. Sostenía que las regiones bajas y tropicales propiciaban la indolencia social. Desde su perspectiva, el entorno selvático y costero, combinado con la herencia genética, impedía que estas comunidades desarrollaran el rigor, la disciplina y el dinamismo exigidos por la modernidad, reduciéndolas a sociedades resignadas a la miseria o alienadas por su propio medioambiente.
Para “el Monstruo”, apelativo con el que se le conocía, el mestizaje no constituía una riqueza cultural, en clara contraposición al concepto posterior de la “raza cósmica”, sino una degradación biológica. Bajo su óptica, los descendientes de estos cruces heredaban lo peor de cada grupo. Sus disertaciones, de profunda inclinación fascista, no daban tregua a ningún sector; afirmaba que los mestizos y mulatos eran elementos inestables, reacios a integrarse en una unidad política o económica organizada, y los calificaba de falsos y serviles.
Dicha tesis sobre el rezago del país partía de la premisa de que tanto la población afrodescendiente como la indígena eran depositarias de una inferioridad biológica, psicológica y cultural intrínseca. Bajo su perspectiva, estas comunidades no constituían sectores marginados por dinámicas históricas o económicas, sino auténticos lastres genéticos que viabilizaban el fracaso del Estado-nación. El examen textual de sus argumentos demuestra que no dejaba margen para la ambigüedad, sustentando su discurso en nociones específicas como la infantilidad y el salvajismo intrínsecos de la población afrodescendiente. Al respecto, sentenciaba: “El espíritu del negro, rudimentario e informe, como que permanece en una perpetua infantilidad… Pertenece a las razas salvajes que constituyen los elementos bárbaros de nuestra civilización”. Desde esta perspectiva, el sujeto negro era catalogado como un ser imposibilitado para desarrollar la madurez racional, la autodisciplina o el pensamiento abstracto indispensables para la sostenibilidad de las instituciones democráticas modernas.
Así, condicionaba el progreso del país a la progresiva extinción de la población afrodescendiente. Para validar su postura, recurría a un análisis comparativo con el Cono Sur, argumentando que la prosperidad económica y la estabilidad institucional de Argentina, Chile y Uruguay obedecían a la ausencia de componentes étnicos negros e indígenas.
Como única salvación a su decadente mirada de la nación, plantaba apegarse con rigidez de la Hispanidad: La lengua castellana, la tradición jurídica romana y sobre todo al catolicismo como eje conductor del Estado y la moral pública. Solo a través de la subordinación espiritual y cultural a estos pilares europeos creía posible contrarrestar las deficiencias de la composición demográfica del país.
De tal manera que evocar el pensamiento de Gómez Castro a la luz de las declaraciones del ex canciller Luis Gilberto Murillo permite medir la evolución del debate racial en Colombia. Frente al determinismo geográfico y biológico que despojaba a las minorías de toda agencia ciudadana. La discusión contemporánea ya no gira en torno a la exclusión sistemática, sino en torno a la autonomía y pluralidad con la que el liderazgo afrodescendiente debe ejercer su poder político dentro de un Estado pluriétnico y multicultural.
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* Abogado. Egresado de la Universidad Autónoma de Bogota.
Cargos mas importantes: ExConsejal de Istmina.
Ex secretario de Gobierno de Istmina. Ex Alcalde de Istmina
Ex vicecontralor General del Choco
Ex contralor encargado del Choco.
Ex Jefe de Investigaciones de la Contraloría en Buenaventura
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