La gimnasta más laureada de EE. UU., habla de su pasado de abandono infantil y de su libro

Por: María Cristina Jurado – El Mercurio (Chile) – GDA/ El Tiempo

“No puedo describir mi sensación cuando supe que había ganado cinco medallas en Río. Verdaderamente, no es un sentimiento que pueda poner en palabras. Solo recuerdo que mi mamá me dijo que siempre debía salir al mundo e intentar ser la mejor Simone que yo pudiera en cada competencia.

Para mí, los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro no fueron diferentes. Cada vez que tuve que salir a la pista di lo mejor de mí. Y cada vez que entré en competencia, solo competí conmigo misma. Aprendí que nunca he tenido el control del ‘performance’ de los demás. Siempre he sabido que solo soy capaz de hacer yo lo mejor que puedo. Eso no se me olvida”.

Antes de ser convocada a los Juegos Olímpicos del 2016, antes de convertirse en una imagen célebre en los cinco continentes, mucho antes de subirse al podio para ser aplaudida por millones de personas a través de la televisión y las redes sociales y antes de desplegar sus saltos artísticos en el país más grande de América del Sur, Simone Arianne Biles, quien nació en Ohio pero se crio en Texas, ya tenía en su haber catorce medallas de categoría mundial, diez de ellas de oro. Ahora tiene 19 preseas y 14 de ellas doradas.

 

Mucho antes de conocer Río de Janeiro ya había ganado tres campeonatos mundiales consecutivos, la única gimnasta en el mundo con ese récord. Y el 21 de agosto, después de que todo terminó, con sus 1,45 metros de estatura, y escasos 47 kilos, Simone pasó a la historia como la primera mujer en portar la bandera de Estados Unidos en una competencia olímpica, un honor que le confirieron sus compañeros de delegación.

A cinco meses del principal triunfo en su carrera deportiva y, cuando ya el brillo de los reflectores se apagó, Biles goza de tiempo libre por primera vez en años. Duerme, va al cine, ve a sus amigos y hasta sale a bailar, alejada de sus tiránicas rutinas.

Recorre su país para hablar de su libro, coescrito con la exitosa autora Michelle Burford, ‘Coraje para volar’, una autobiografía muy personal que relata su vida, que no siempre fue amable. Un registro íntimo que retrata su infancia en manos de madres sustitutas, su desarraigo, sus días de hambre y soledad y la inseguridad psicológica que le provocó una progenitora desequilibrada y drogadicta que, no obstante sus esfuerzos, no se recuperó.

Un relato que incluye también una redención: la del amor de sus abuelos maternos en Texas. Pensado y escrito desde su casa en el pueblo de Spring, donde vive hoy junto a su hermana menor, Adria, el libro se lee como una reflexión sobre sus dificultades, desafíos y sus éxitos deportivos, una historia que dio forma a lo que Biles es hoy.

Desde su pueblo de 56.000 habitantes, a 40 kilómetros de Houston, explica por qué escribió ‘Coraje para volar’: “Yo sabía que habría mucha gente queriendo conocer mi historia y quise que les llegara desde la fuente principal, que era yo misma. No quise que el mundo especulara con mi vida. La experiencia de tener que escribir capítulos de mi biografía para después publicarlos me forzó a ordenar mis recuerdos. Repasé toda mi existencia. Y la escritura terminó por ser un ejercicio que me sirvió como ser humano. Solo espero que mi relato sea una inspiración para otros”.

“Desde pequeña yo hojeaba revistas de gimnasia y me imaginaba siendo tan buena como esas niñas que veía saltando. Esas revistas fueron mi gran fuente de inspiración”

Revisando su vida, ¿qué momentos o qué decisión podría ser un ejemplo para otros?

Si somos honestos, tenemos que reconocer que todos guardamos el sueño de ser los mejores del mundo, sobre todo cuando somos jóvenes. Desde pequeña yo hojeaba revistas de gimnasia y me imaginaba siendo tan buena como esas niñas que veía saltando. Esas revistas fueron mi gran fuente de inspiración. Pero, a medida que crecí en el deporte, me di cuenta de que tenía que esforzarme para llegar a mi máximo como atleta. Tenía que ser lo mejor que yo pudiera. Por eso hoy sé que el mundo no se acaba si uno no saca el máximo puntaje en una prueba o en un aparato gimnástico. Uno tiene que saber que todo está bien mientras uno haya dado todo de sí mismo. Después de lo que he vivido, ese es mi mensaje.

Después de los Olímpicos de Río de Janeiro, usted se convirtió, con 19 años, en la gimnasta más condecorada en la historia del atletismo estadounidense. ¿Cómo se siente un récord así?

Yo sé que es un triunfo verdadero, pero reconozco que hay días en que me cuesta creerlo. Para mí, Río fue un sueño hecho realidad. Todavía recuerdo ese día cuando estaba sentada en el avión, justo antes del despegue, y yo pensando ‘¿De verdad vamos a Río? ¿De verdad yo voy a Río?’ No voy a olvidar jamás la emoción que sentí cuando con nuestro equipo ganamos ese oro. Tampoco, el momento en que me di cuenta de que, además, yo ganaría la medalla de oro por desempeño general. ¡Es que teníamos un equipo tan sensacional! Y uno que estuvo siempre unido. Haber sido elegida para portar la bandera estadounidense fue increíble, una experiencia mucho más emocional de lo que nunca imaginé.

La medalla de oro por su desempeño la ganó Biles con una apuesta histórica de destreza, que incluyó saltos en caballete, barras asimétricas, viga y piso. En ‘Coraje para volar’, Mary Lou Retton, la primera norteamericana que ganó una medalla de oro por competencia general en los Juegos Olímpicos en Los Ángeles en 1984, da su opinión: “Ahora todos saben lo que vi en Simone en el 2009. Que ella es una de las grandes atletas de todos los tiempos. En Río se las arregló para permanecer tranquila en medio de una tormenta de exigencias mediáticas. Resistió el bombo. Simplemente, salió a la arena e hizo su pega. Y no dejó que la marea de su desafío la aplastara”.

‘Soy negra y orgullosa’

La historia de Simone Biles, teñida de abandono, pobreza y una cuota de amor incondicional, fue la responsable de que, en una carrera atlética que comenzó a sus seis años, en un recinto de entrenamiento escolar en Texas, la condujera a un nivel de ‘performance’ que ha modificado los parámetros de la gimnasia artística actual, fortalecido además por su enorme imagen como ejemplo de superación.

Desde niña tuvo una historia particular. En su libro recuerda anécdotas. Cuando ella tenía siete años y su hermana Adria, cinco, escuchaba de labios de su medio hermano Adam, quien las llevaba al colegio, una canción de James Brown de 1968 que la marcó: “Say it loud: I’m black and I’m proud” (dilo fuerte: soy negro y estoy orgulloso) oían como letanía las dos pequeñas.

“Mientras íbamos al colegio –relata Biles– nos pedía cantar con él y no nos dábamos cuenta de su objetivo: Adam quería inculcarnos el orgullo desde muy niñas”.

A su edad, ¿ha sentido el racismo en su país? ¿Se ha sentido discriminada?

Cuando escucho comentarios racistas hago lo posible por enfrentarlos con dignidad. En general, provienen de la ignorancia y la incomprensión. Pero, claro, en el fondo me hieren. No creo que nadie deba ser juzgado por su color de piel, su tipo físico o su peinado. Pero he llegado a desarrollar el perdón cada vez que alguien me hiere: no hace bien ser rencoroso. Yo trato de verme y de ser lo mejor que puedo todos los días, y eso es todo lo que puedo hacer. Nunca aceptaré que una persona o un grupo de personas me dicte qué hacer con mi vida. Solo yo sé cómo quiero vivir, quién soy y qué me define.

La seguridad con la que Biles habla hoy no estuvo siempre presente. Su infancia fue un remolino de incertidumbres. Nació el 14 de marzo de 1997, en Columbus, Ohio, la tercera hija de una mujer joven que pronto cayó en drogas y alcoholismo. Cuando la menor de la familia nació, en 1999, los niños Biles eran cuatro: Ashley, Tevin, Simone y Adria. La madre, Shanon, fue incapaz de hacerse cargo. Dice Biles en su libro: “No recuerdo mucho de mi vida con Shanon. Pero sí recuerdo haber jugado con un gato al que todos alimentaban. En esa época pasábamos mucha hambre y yo me enojaba por eso con el gato”. Incluso, Simone recuerda haber desayunado cereal con agua porque en la casa no había leche.

La situación se volvió crítica –cuatro niños, entre cuatro meses y siete años, hambre y frío– y los vecinos dieron la alarma. De la mano de las autoridades y, a sus tres años, Simone y sus hermanos desembarcaron en un hogar sustituto. A ella no le importó mucho: en casa de Doris y Leo, como se llamaban quienes les daban una mano a los pequeños, su comida estaba asegurada y había más niños para jugar.

Después de unos meses, su abuelo materno, Ron Biles, apareció en Columbus para llevarse a los cuatro niños a Texas, donde vivía con su segunda mujer, Nellie, quien trabajaba como enfermera. Con los años, Ron y Nellie Biles adoptarían legalmente a las dos niñas menores: para Simone y Adria fue la salvación definitiva. Gracias a la adopción, ambas heredaron dos nuevos hermanos: los dos hijos que Nellie tuvo de su primer matrimonio: Ron y Adam.

Los demás hijos de Shanon corrieron distinta suerte. Mientras las dos menores se quedaron