Juan Gossaín salió a sus calles y encontró mojarras fritas a 63.000 pesos y cocadas a 6.000.

PESCADO CARTAGENA

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Me gusta la gente que habla con franqueza, sin necesidad de armar alborotos ni de espelucarse. Sin agua en la boca, pero sin alzar la voz. Con claridad, pero sin ponerse a gritar. El otro día llegó a Cartagena la ministra de Turismo, Cecilia Álvarez-Correa, y les dijo a los empresarios en su propia cara:

No es posible que una Coca Cola cueste 10.000 pesos en un restaurante de Cartagena. Sus tarifas tienen que ser más realistas para que sean más competitivas.

 Estaban allí el Alcalde y otros funcionarios, que se quedaron impávidos, mirando para el horizonte del mar, como si la cosa no fuera con ellos. Al día siguiente El Universal, diario cartagenero, tuvo la entereza de concederle la razón a la Ministra.

Un mes antes, en su columna dominical de este periódico, Moisés Naím, que es venezolano y ejerce su maestría desde los Estados Unidos, había escrito que “Cartagena es, probablemente, la ciudad más hermosa de América”.

Estoy de acuerdo con él, pero sin el condicional: a mí no me cabe ninguna duda de que Cartagena de Indias es la ciudad más bella de América. Es la ciudad más española que los españoles construyeron fuera de España, o, incluso, dentro de la propia España. (Ya ustedes se habrán dado cuenta de que es posible, aunque no mucho, encontrar a alguien que quiera a Cartagena tanto como yo la quiero; pero es imposible encontrar a alguien que la quiera más de lo que yo la quiero.)

Siendo así, se preguntará el lector ¿por qué, entonces, digo lo que voy a decir en esta crónica? Por eso mismo, precisamente, porque hay que defender el futuro de semejante joya. Porque hay que decir las cosas con crudeza, aunque duelan, ya que los problemas no se arreglan escondiéndolos debajo del tapete. PorqueCartagena es un patrimonio de Colombia entera que nos pertenece a todos. Y porque, como solía repetir Simón Bolívar, “un amigo verdadero es aquel que siempre me dice la verdad”.

Hoteles y pechugas

Las venerables calles coloniales, los caserones antiguos rodeados de murallas y el refugio bohemio en que se ha convertido el barrio histórico de Getsemaní, donde las flores trinitarias crecen en los balcones con su estallido de colores, se han llenado de mesones y pequeñas hostelerías a las que llaman “hoteles boutique”. Hay que ver a los muchachos mochileros, con su equipaje al hombro, andando por ahí en bicicleta, cogidos de la mano.

Lo malo es que cualquier hotelito de esos, por modesto que sea, cobra 200 dólares por pasar la noche. Algunos taxistas cobran 20.000 pesos por una carrera de diez cuadras. Y en cualquier restaurante de calidad promedio cobran 30 dólares por una pechuga de pollo.

–Pagué 63.000 pesos por una mojarra frita y un patacón –me dijo un turista bogotano.

En las Islas del Rosario, un auténtico remanso en el que se pueden ver los atardeceres más bellos del Caribe, pero que está en peligro por la contaminación, la sedimentación y la destrucción, cualquier posada vale 180 dólares por día.

–Uno siente que lo están esquilmando –me dice un visitante argentino–. Te duplican la tarifa del taxi apenas te notan el acento.

Mientras camino por la playa, veo a una vendedora típica que ofrece sus cocadas de ajonjolí y panela. Le pregunto a cómo son. A 1.500 pesos cada una. Parecen deliciosas. Se acercan dos señores y, con una inconfundible entonación inglesa, le piden dos. Se las entrega. “Son 6.000 pesos”, dice la vendedora. Los turistas se asombran. “Bueno”, sonríe la mujer. “Por ser ustedes, se las dejo en 5.000”.

Un pasaje aéreo

Quien más sufre no es el turista extranjero, que por estos días tiene al menos la ventaja del dólar fortalecido, sino el bolsillo de los turistas nacionales, que devengan en pesos. Si a eso vamos, la víctima principal es el propio cartagenero, ya que el visitante regresa a su lugar de origen, pero los residentes se quedan pagando precios de turista de manera permanente. Esa es la razón por la que Cartagena padece el costo de vida más alto de Colombia.

Capítulo aparte merecen los pasajes aéreos. Un tiquete en aerolíneas extranjeras, para viajar a las diez de la mañana de Cartagena a Miami, vale entre 180 y 200 dólares. Pero un tiquete en aerolínea nacional, para ir de Bogotá a Cartagena a la misma hora, llega a costar el equivalente de 400 dólares y hasta un poco más. Vale el doble aunque el vuelo dura la mitad. No hay ninguna autoridad que controle eso. Hace seis meses, bajaron el precio del impuesto aeroportuario. En buena hora. Pero en seguida subieron los pasajes. Fue lo mismo que nada.

Un periodista acucioso descubrió que en el moderno barrio de Bocagrande algunos restaurantes tienen una carta de comidas para turistas nacionales y otra, con precios más altos, para los que vienen del exterior. Encontró algo peor: cuando el dólar sube demasiado frente al peso, como ha venido sucediendo en los últimos meses, hay hoteles que suben las tarifas cada semana.

Los empresarios se defienden

Como mi obligación de periodista consiste en oír a todas las partes, hablo con dirigentes que agremian a hoteles y restaurantes. Empiezan por admitir que hay mucha gente abusiva, pero también tienen sus argumentos: el insólito costo de los arriendos, los impuestos que están por las nubes, las tarifas de los servicios públicos.

Me pongo a averiguar por mis propios medios. Comienzo por los alquileres. Por un “local para comidas” de 120 metros, en el sector colonial, están pidiendo 12 millones de pesos mensuales. A 100.000 pesos el metro por mes. Si eso es en alquiler, cómo será en venta.

–En Bocagrande –me cuenta el gerente de una tienda– hay arriendos más caros que en Manhattan, que es el corazón de Nueva York.

–Y a eso métale las otras arandelas –dice el dueño de una cafetería–. El solo recibo de la energía vale 3 millones más al mes. Para qué hablamos del agua, el alcantarillado, la recolección de basuras.

–Encima de todo –agrega el administrador de un restaurante–, a los servicios públicos les cuelgan unos cobros que llaman graciosamente estampillas o “contribuciones”, como si fueran voluntarios.

Derechos y deberes

Me reúno con algunos propietarios de esos locales y ellos, a su vez, les echan el muerto a los impuestos. “El predial que nos cobran en Cartagena”, dijo uno, “es casi una confiscación”. Ya veo con claridad lo que está pasando: esto es el círculo vicioso perfecto, la espiral que nunca termina. Cada uno tiene sus propias razones. Es una cadena.

Por fortuna, y apenas a tiempo, los propios cartageneros han empezado a preocuparse por semejante situación. Hay gente moviéndose. Llegó la hora de hablar abiertamente del problema. Los dirigentes cívicos y hoteleros, encabezados por un muchacho que se llama Sergio Araújo Rumié, están organizando una campaña intensa para promover los derechos y deberes del turista.

–Tenemos que entender –me dice Araújo– que nuestra ciudad depende de los turistas. El 32 por ciento del empleo lo generan ellos. En un solo año el número de visitantes creció 22 por ciento. Más de 230.000 son extranjeros.

Cuando un crucero llega a Cartagena, y a veces son cuatro en un solo día, cada pasajero le deja 200.000 pesos a la ciudad. “Por eso”, concluye Araújo. “Vamos a crear espacios de debate y análisis en los cuales participarán no solo los empresarios, sino el Gobierno, la Defensoría del Pueblo, Fenalco, la Alcaldía y los voceros de los ciudadanos”.

El hombre increíble

Ya dije que no se gana nada con negar lo que está pasando y meter la cabeza en el suelo. Porque el gran riesgo es que los turistas se vayan para otra parte, tal como salió publicado en este periódico hace poquitos días: resulta que la fábrica Sofasa-Renault presentó ante 45 periodistas colombianos sus últimos modelos de automóviles. La reunión se hizo en Panamá porque, según explicaron los organizadores, “los costos de transporte aéreo, alojamiento y alimentación son más baratos en Panamá, a pesar del aumento del dólar”.

–Cartagena se está muriendo de éxito –me dice Lucho Mogollón, que es un filósofo de la vida.

Manuel Domingo Rojas, que fue el primer alcalde elegido por el pueblo cartagenero, hace casi treinta años, lo advirtió en aquellos tiempos: “El turismo va a provocar en esta ciudad un desarrollo frenético. Tenemos que prepararnos para que ese crecimiento sea controlado y no nos pase lo mismo que al ‘Hombre increíble’ de la televisión, que acaba reventándose por los costados”.

Epílogo con huevos

Nadie hizo caso. Nadie se preparó para lo que venía. Hoy, el mismo Rojas dice que hay que enfrentar este reto, “pero con espíritu positivo y con el ánimo de sacar adelante a Cartagena”.

Me hubiera gustado terminar esta crónica diciendo que hay gente empeñada en matar la gallina de los huevos de oro. Pero no quiero ni imaginarme lo que cobrarán por una tortilla hecha con esos huevos.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO