Oscar Collazos

Oscar Collazos

La emergencia de Buenaventura requiere un modelo de inversión que blinde a la ciudad de población mayoritariamente sana, de la otra ciudad, cooptada por el crimen.

En el 2010, según el Dane, Buenaventura tenía cerca de 370.000 habitantes. Es posible que hoy llegue a los 400.000. Con una población mayoritariamente afro (más del 88 por ciento), ha sido el destino de migraciones de todo el litoral Pacífico, más intensas en las dos últimas décadas, cuando el narcotráfico y el conflicto armado hicieron presencia en la región.

La importancia del puerto de Buenaventura no es la noticia de estos días: se sabe que por allí se hace el 60 por ciento del comercio marítimo de Colombia y que, precisamente por ello, la ciudad se ha convertido en Distrito Especial, Industrial, Portuario, Biodiverso y Turístico. ¡Mucho tilín para tan pocas paletas!

De los títulos anteriores, los dos últimos son una ironía. Primero, porque, comparado con el de otras ciudades de mar y regiones de Colombia, el turismo es todavía precario y no alcanza los niveles de una gran industria, con inversiones importantes y oferta de calidad atractiva. Y segundo, porque el formidable ecosistema de selvas, ríos, esteros y ríos de la región ha servido finalmente de caleta de los narcotraficantes y de ruta privilegiada para sus exportaciones.

Buenaventura se ha vuelto noticia no por su avanzada economía portuaria, que crecerá hasta ocupar mucho más territorio del que dispone actualmente, sino por una realidad paralela: la ocupación de la ciudad por todas las formas de criminalidad. Lo que se veía venir llegó finalmente a aquellas barriadas de hambre e insalubridad. Se encontró allí la mano de obra que necesitaban las empresas criminales.

En Buenaventura se pasó del imperio de las organizaciones mafiosas a la fragmentación delirante y al menudeo de los métodos introducidos por paramilitares, bandas criminales y guerrillas urbanas. Convertidos en tierra de nadie, esos barrios improvisados en orillas y esteros insalubres han sido el escenario de una guerra paralela a la guerra por la supervivencia.

Buenaventura es noticia, no porque se revele algo esperanzadoramente nuevo, sino porque todo lo incubado en su historia alcanzó ya límites escandalosos. Ningún gobierno imaginó, pese a las señales que se venían dando hace medio siglo, la emergencia social de ahora. Miraron hacia el puerto y los grandes negocios globalizados, pero no vieron que la prosperidad de ese sector sería un día sitiada por la ciudad real, sin trabajo, sin vivienda, sin salud, sin educación y, encima de todo esto, gobernada por una clase política negligente o corrupta.

La segunda ciudad más importante del Valle del Cauca vivió procesos paralelos: por un lado, el puerto que crecía y se modernizaba; por el otro, una ciudad que, de espaldas a la dinámica de esta riqueza, crecía en población y necesidades. Fue cuando aparecieron las nuevas industrias: el crimen organizado y las derivaciones igualmente atroces de la criminalidad desorganizada.

No puede haber seguridad allí donde la pobreza crece con mayor rapidez que los programas que buscan suprimirla. El tránsito de la pobreza a la miseria es tan corto como el paso de la informalidad al delito. La ciudad que nunca se planificó urbanísticamente es hoy un tejido de suburbios y villasmiserias sin leyes ni Estado.

La emergencia de Buenaventura no se supera con el solo incremento de la Fuerza Pública. Aquí se requiere una terapia social sin fecha de caducidad. En otras palabras, un modelo de inversión que blinde a la ciudad de población mayoritariamente sana, de la otra ciudad, cooptada por el crimen.

collazos_oscar@yahoo.es